02 mayo 2012

Un diálogo constante



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El día discurría en un diálogo ininterrumpido.
- ¿Quieres una cortecita de pan mientras hacemos tiempo para la comida?
Y él asentía y pasaba un buen rato mordisqueando y lamiendo la corteza, que terminaba húmeda y blanda en su mano.
- ¿Quieres que vayamos esta tarde a esperar a tu madre cuando venga del repele?
Y él volvía a asentir con entusiasmo.
El diálogo se iniciaba por la mañana, cuando se despertaba y llamaba:
- ¡Abuela...!.
- ¿Qué te has despertao ya, alhaja?.
Y continuaba durante el desayuno, delante del tazón de leche ensopado con trozos de pan duro.
- Dentro de un ratito vamos a ir a la casa de la tía Jacinta, a preguntar por su cuñao que dicen que le ha dao un mal...; pobre hombre, tanto como ha trabajao y ahora que podía gozar un poquito... que no nos dé Dios lo que podamos resistir... Y tú, cuando lleguemos allí, quietecito y callaito, y si te dan algo no lo cojas, no tengan que decir luego que estás mal enseñao.
- Sí... Abuela ¿cuándo vamos a ir a coger los huevos de las gallinas?
- Vamos a esperar un ratito alhaja, que hace na he visto a la tía Antonia que entraba en el corral a hacer de vientre. Tú, cuando veas que entra algún vecino al corral para hacer sus necesidades, no entres, esperas siempre a que salga ¿eh?.
- Sí... ¡Abuela mira qué palo más grade...!, si viene la pantasma, ¡zas!, la pego con él.
El día se contenía en ese diálogo intercalado de promesas, enseñanzas, recomendaciones, augurios...; que contenía las claves de su historia y avanzaba los trazos gruesos de su futuro.
- Si te portas bien le digo a tu padre que te deje montar en la mula un ratito cuando vuelva del campo.
- Sí, sí, y me voy montao hasta el caño.
- Eso.
- Cuando sea grade yo también voy a tener una mula, como mi padre, y me voy a ir al campo a trabajar, como él, y te voy a llevar montá en mi mula.
- Huy hijo..., ¡dónde estaré yo entonces...!. Tú lo que tienes que hacer es aprender, primero tienes que ir a la escuela, y hacerte un hombre de provecho, como lo era tu abuelo...,y tu padre. ¡Ay, si Dios me diera salud para verlo..., o que lo pudiera ver por un agujerito...!. Pero seguro que sí..., tú eres muy parecido a tu abuelo... ¡ay hijo qué hombre más bueno era tu abuelo!. En su vida faltó a nadie, preguntas por el pueblo y a quien preguntes no tiene nada más que buenas palabras para él. Ni a la hora de morir dio guerra... un hombre como un castillo que se quedó como un pajarito...,  y ni se quejaba... En fin, ¿qué le vamos a hacer...?, no nos queda otra que conformarnos con lo que Dios nos manda.
- ¿Abuelo mataba a la pantasma?
- Déjate de matar a nadie, que ya hemos tenido bastante... Lo que yo pido es que tú no tengas que pasar por lo que hemos pasao nosotros... Pero es mejor no mentarlo. Anda, venga, vamos a probar los garbanzos para ver si ya están blandos y comemos; y luego aparto un pucherito para esta noche para tu padre y tu madre que vendrán reventaitos de trabajar.



24 abril 2012

Niños en brazos



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Desde su nacimiento hasta su destete, los niños iban siempre en brazos.
Siempre había una mujer con su hijo en brazos, cambiándolo de un brazo a otro cuando hablaba con otra mujer o sujetándolo con el brazo izquierdo para liberar el derecho y seguir con sus quehaceres. Sujeto por brazo izquierdo, el niño asistía a la rutina de tareas de su madre: encender la lumbre, preparar la comida, ir a comprar, a por agua al caño... En aquella posición privilegiada, el niño era atendido rápidamente, en cualquier momento, sin horarios establecidos, a su espontáneo deseo de mamar; satisfacían su deseo aún cuando reconocieran: si no tiene hambre, lo que le pasa es que está engolosinao con la teta .
A veces el niño  pasaba de los brazos de la madre a los de la hermana, y a través de ella participaba en el mundo de los juegos y los osados desafíos infantiles; o a los brazos de la abuela, donde era acunado por el ronroneo de un monólogo jalonado de augurios, experiencias y refranes... Siempre en brazos de una mujer, cerca de su corazón, participando de la vida de su portadora en su mismo nivel. 
Una mujer con un niño en brazos, una estampa que se repetía en cada casa, en cada patio de vecinos, en cada calle; una imagen y unas prácticas con las que aquellas mujeres podrían haber ilustrado todo un tratado sobre la Teoría del Apego.
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18 abril 2012

La cortina

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La cortina de la puerta de la calle pertenece a ese elenco de objetos sencillos que un día fueron de uso cotidiano, que formaron parte del paisaje de nuestra vida, y que hoy están en desuso.
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La mayoría de las casas de La Puebla de Montalbán de entonces carecía de cortinas; salvo aquellas telas que cerraban, en ausencia de puerta, el hueco que comunicaba dos habitaciones o aquellas otras que servían para dividir, en ausencia de tabique, varios espacios. Sin embargo, no había casa sin una cortina en la puerta de acceso a la vivienda, la puerta de la calle. La cortina habitual era de loneta grisácea con tiras blancas en el bajo, pero cada cortina tenía unas peculiaridades que la hacía única. Por una parte estaban aquellas asoleadas donde el color se había vuelto impreciso, luego estaban aquellas otras sembradas de distintos remiendos, o las que tenían agujeros, desgarrones, zurcidos, deshilachados...; así hasta las cortinas salidas del apaño de unir varios trozos de viejas cortinas.
Aquel trozo de tela era la mar de eficaz. Dado que en aquel tiempo la puerta de la calle permanecía siempre abierta, la cortina preservaba la necesaria intimidad de la casa; por otro lado impedía el acceso a la vivienda de las inevitables moscas y permitía que el aire corriese en verano dando frescor a la casa.
Detrás de aquella cortina se encontraba el "hombre del saco" de nuestros temores infantiles; luego fuimos nosotros los que, escondiéndonos tras ella, asustamos a otros jugando "a los malos" o nos hicimos "invisibles" envueltos en ella. Parapetados en aquella cortina empezamos a espiar conversaciones de mayores, y fuimos sorprendidos por un: ¿y tú qué haces aquí escuchando, gaspacherita?. Tras ella nos refugiamos a veces para calmar un enfado repentino o esconder nuestro rubor cuando pasaba por la calle aquel que aún era un secreto sin nombre.
¡Cómo quiera volver a esconderme detrás de aquella cortina..., envolverme con ella y escuchar la voz que gritaba: cómo se te caiga encima la varilla de la cortina y te rompa la crisma ya verás la que te voy a dar!. ¡Cuánto daría por volver a ver el vuelo de esa cortina, por apartarla y entrar de nuevo en la vivienda limpia y austera...!.















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Apariencias

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Miras a ese hombre alto, delgado como un junco, que camina por el aeropuerto con la apariencia de un simple turista, aunque posee el espíritu del viajero. Miras a ese hombre carente de estridencias, vestido de manera anodina, que lleva consigo una maleta y porta consigo el amplio bagaje de quien ha transitado por oscuras pasiones y por las lineas más delicadas de la ternura. Miras a ese hombre de hablar conciso, que no se pierde en adornos discursivos ni se envanece de su conocimiento, por mucho que haya vivido, soñado, leído, viajado, experimentado. Miras a ese hombre que se acerca ya a la puerta de embarque con el andar decidido de quien se conoce a sí mismo, y se acepta y se quiere tal como es; y no se turba ni cuando mira de frente sus pliegues más recónditos y sombríos.
Ese hombre de apariencia corriente pertenece a la exclusiva élite de los que en toda circunstancia hacen gala de nobleza; de los que entregan su vida con el mismo coraje y la misma honestidad en el desgaste cotidiano y en el acto más heroico; de los que aman a toda costa, empecinadamente; de los que no se arredran cuando pierden, o se pierden en el camino, sino que buscan siempre la terminal de salida más digna. .. ..

30 marzo 2012

Haciendo camino

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Caminos señalados por las rodadas de los carros de varas; marcados por las pezuñas herradas de las mulas, los machos y los borricos; impresos por huellas de albarcas y zapatillas.
Caminos por donde transitan pastores, arrieros, gañanes, jornaleros, viejos labradores, galopines y cuadrillas de vendimiadores, vareadores, segadores...
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Caminos con nombre propio: de la Florida, de la Zarza, del Moro, de Placedever, de las Huertas, de la Cañada, de la Vereda Molinera... Y caminos que se apropian del nombre del lugar de su destino: el camino del Carpio, de Toledo, del Allozar, de los Cañaverales, de las Cumbres, de las Zorreras, del Charquito...
Caminos largos hacia las fincas de renombre: Zarzuela, Ventosilla, La Dehesa Nueva, Alcubillete, El Bosque, Gramosilla...; y caminos cortos hacia Las Cuestas, La Huerta Abajo, el Cementerio, el Malacate, Las Cruces...
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Caminos polvorientos o embarrados, con bolas de estiércol en hilera; y bordes serpenteados de verdolagas, cabezuelas, cardos, avena loca, manzanilla silvestre, amapolas...
Caminos a cuyas lindes se asoman pequeñas fincas de olivos, de almendros, de melocotoneros...; y huertas y sembrados de cereal.
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Caminos por donde se aproximan, avanzan y se pierden voces de mujeres en un diálogo sofocado.
(- ...¡Amos...!, aligerar más el paso que no voy a llegar a tiempo de dar la cabezá... M'ha dicho la Justa que hoy es la misa de los nueve días del tío Andrés y quiero ir a cumplir, que no me enteré del entierro, ni escuché las campanas ni ná...
- Pero qué agonías eres... si luego te enguachinas un poco y llegas a la iglesia en un periquete.
- Hay que ver cómo va una... siempre a to' meter...
- Pues yo tengo ya tarea pa' esta tarde: colocar una carguita de leña que ha traído este hombre..., sí, de las estaquitas esas que pusimos en el cachito tierra que nos tocó de mi suegro p'ahí por los Arenales...).
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Caminos por los que siempre pasa algún hombre, y se detiene, en su ida o vuelta al trabajo, para hablar con otro que trabaja junto a la linde.
(- ¡Vaya tunda que te estas dando...!
- ¡Qué bolito... y haber qué haces...!
- Calla, calla... si m'he pasao yo también un día... ¡con una caterva pájaros que tengo en la finca...!, m'han picoteao una de racimos..., estrozaítos me los han dejao... En la vida he visto yo tanto pájaro, vamos, vamos y vamos...
- Cagu'en dié... Pues esta mañana estaba yo aquí y pasa menganito y me dice: ¿qué no t'has enterao?, y le digo yo: ¿de qué?, y me dice: mi primo, el de mi tío Jacinto, sembró el hombre un poquito huerta y va el otro día, empieza a mirar..., ¡y la venío una plaga de no sé d' ande ha venío que n' ha dejao mata buena...!
- ¡Pues mira, mira este que viene p' aquí...!, este no tiene problemas... ¿A qué no?.
- Buenas tardes. ¿Qu' hacéis?.
- ¿Qué vamo' hacer? Nosotros no somos como tú ¿a que a las ovejas no las atacan los pájaros, ni se hielan...; un poco pasto d'un rastrojo y arreando.
- ¡Qué t' has creído tú eso! ¿esto?, no l' hay más sacrificao que esto, ¿esto?, ni domingos, ni fiestas..., y pa' na'... ¡Qué bolito eres, pues no es sacrificao esto ni ná...!, ¿y qué te crees tú que sacas con esto...?).
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.. Caminos con música de pájaros, de cencerros y campanillas, de balidos, gruñidos, rebuznos, relinchos, resoplidos...; y el canto lejano con el que acompaña su trabajo un gañán.
Caminos que fueron tránsito del itinerario vital de los campesinos pueblanos de antaño.
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25 marzo 2012

Un secreto sin nombre

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En el estómago lo siente como un vacío, en la cabeza como un aturdimiento y en la cara como un sofoco, y luego como una ansiedad, como una inquietud...; aún no ha puesto nombre a la causa de estos cambios que la asaltan, y cuando lo intenta, se ruboriza demasiado. Lo que sí ha intuido es que ahora se impone la sutileza a la hora de hacer ciertas preguntas a su abuela, a sus vecinas, a sus amigas; esas preguntas que apaciguarían su deseo, esas que brotan espontáneas y que ella retiene con dificultad. Porque esos síntomas y esas preguntas que ella tiene ahora, los ha visto antes en otras mocitas, y ha visto también la manera en que los demás reaccionan ante ellos: uy, uy, uy... pero mírala... si s'ha puesto colorá a to' meter al mentar a fulanito uy, uy, uy... ¿a ver si va a resultar que andas enamoriscá... eeeh ?. E instintivamente se pone en guardia y silencia esas preguntas que bullen en su cabeza: ¿abuela, cómo te hiciste tú novia de abuelo?, ¿y a ti cómo te pretendió tu novio?, ¿y cómo te diste cuenta de que estaba por ti..., y tú por él...?, ¿y qué sentías...?.
Ya no se siente como una niña, sueña que se corta las trenzas, que se viste como una mocita...; hasta su abuela se ha dado cuenta de que a veces se mira el pecho con disimulo, anda, anda con la gurrumina... que estaba endenantes mirándose a ver si l' ha crecío la espetera... Y que se queda embobada y no escucha, hasta que los demás gritan: ¿Y a ti qué te pasa...?. ¡qué estás pensando en las musarañas...!.
Ansía desesperadamente cruzarse por la calle con ese mocito, pero cuando se encuentra con él siente el calor en la cara, y se altera, y se inquieta y cree que todo su ser la está delatando, que él y todos los que la rodean en ese momento han descubierto su secreto; un secreto al que ella aún no se atreve a poner nombre. ..
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21 marzo 2012

Queda la palabra

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La era de la comunicación.
Vorágine de emisiones vía satélite, con sus grupos de comunicación, líderes de comunicación, estrellas de la comunicación; creadores de corrientes, de tendencias, de ideas, de creencias; salvadores, editorialistas, analistas, expertos, tertulianos. Tolvanera de debates de opinión, tribunas de opinión, corrientes de opinión, tendencias de opinión, encuentros, jornadas, cursos; opiniones en la barra de un bar. Enjambre de blogueros, tuiteros, seguidores de redes sociales, power point, convocatorias varias vía móvil y e-mail.
Hay que estar muy despierto para no dejarse atrapar en esa maraña, hilar muy fino para separar la paja del grano en el barullo de cotillas, chupatintas, desquiciados, enfadados, liantes, faltones, endiosados, insensatos, vocingleros, engañabobos. ....
..... Queda la palabra.
De los que buscan la honestidad de la palabra, frente a los vendedores de verdades absolutas; la consistencia de la palabra humilde, frente a los ditirambos interesados; la palabra legitimada, frente a los contrabandistas de fabulaciones; la palabra sosegada, reflexiva y lúcida, frente a los trapaceros que pretenden hacer tragar con ruedas de molino.
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18 marzo 2012

El almendro de los "guesos"

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En las visitas a La Puebla no faltan nunca los paseos por el campo. Hoy también vamos por estos caminos tan familiares y, de pronto, lo vemos, a lo lejos. Sigue ahí, en su sitio de siempre, en medio de la linde, rompiendo con su blancura la monotonía verde de los olivos que lo circundan, remozado en el ramo florido en que lo ha convertido la primavera.
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Al llegar a él, miramos entorno: todo parece igual...; hasta el vecino que amontona la leña de la corta de las olivas y se acerca curioso ante la presencia de quienes supone forasteros. Y al llegar a nosotros, saluda y comienza a hablar de la sequía de este año, de los males que aquejan al campo, del perdío en el que se están convirtiendo las fincas, del sombrío futuro que espera a estos campos cuando desaparezcan los pocos que aún trabajan en ellos. Después de un rato, cuando la conversación ha establecido una cierta camaradería, se atreve con la pregunta que parecía tener presente desde el principio: ustedes no son de por aquí ¿a qué no?, ¿qué vienen de muy lejos?.
De muy lejos... Y estamos aquí, como si el tiempo no hubiera pasado, junto al mismo árbol vestido una vez más por la primavera. Estamos junto al mismo viejo almendro al que acudíamos a rebuscar el fruto, el mismo que marcaba el límite territorial de nuestras correrías infantiles: lo más lejos llegáis hasta el almendro ¿eh?, nos advertían en casa.
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El hombre dicharachero que ha abandonado su trabajo atraído por nuestra presencia, nos mira con curiosidad, un tanto perplejo ante el interés que mostramos por este almendro. Como si quisiera sacarnos de un error, nos dice que este es un árbol sin importancia, que es un árbol pedrero, que está ahí porque antiguamente los dejaban crecer para señalar las lindes; y se ofrece a informarnos de plantaciones de almendros nuevas, plantaciones de almendra largueta o marcona que, nos dice, son las mejores.
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Estos tipos de almendra que identifica el buen hombre, se nombraban antes con una sola palabra: guesos. Aquellos guesos que íbamos a rebuscar en este almendro pedrero, los que pelábamos y partíamos después con una piedra, uno a uno, en el corral; los guesos con los que se hacía la sopa de almendras de la Navidad o el puñadito de almendras garrapiñadas el día del cumpleaños.
En el término de La Puebla no sólo había almedros aislados, o haciendo de mojón en las lindes, también había pequeñas fincas de almendros cuyo fruto, que se pelaba y partía a mano, vendían los arrieros.
Con el tiempo, en la casa del tío Nicasio el panadero, instalaron una de las primeras máquinas de partir guesos. Aquella máquina daba trabajo a un grupo de mujeres a las que se veía pasar por la calle de la Paz llevando una pequeña lata, con dos agujeros y un hiscal pasando por ellos a modo de asa, con un montoncito de picón y unas brasas. Con este sencillo invento se calentaban los pies durante el trabajo.
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En nuestro paseo por el término de la Puebla, hemos visto algunas de esas plantaciones de almendros que nos había señalado el pueblano que se nos acercó cuando estábamos junto al viejo árbol de guesos; hemos visto también algunas de las fincas perdías que él nos apuntaba y hemos disfrutado de nuevo de ese paisaje de olivos y melocotoneros, de tierras de labor, de huertas... que mantienen, como el viejo almendro pedrero, la esencia de aquel paisaje en el que crecimos. ..
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08 marzo 2012

El viaje

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.. Con su ato limpio, la talega con el avío y el monedero en la mano; mira por la ventanilla pensando que le gustaría decirle que está cansada, sola, que es muy difícil, cada vez más difícil. Pero no dirá nada de eso, se fundirá con él en un abrazo emocionado, sintiendo estremecida el esqueleto de ese cuerpo enflaquecido que antes era un cuerpo inabarcable y dirá: ¿te dan bien de comer?, estás más delgado, tienes que estar entero, yo lo estoy, para cuando salgas...
Por la ventanilla del tren, apenas ve deslizarse el paisaje reseco de esa tierra áspera, ensimismada como va, recreándose en el encuentro que la espera. Quisiera hablarle de las preguntas dolorosas que hacen sus hijos, de la indiferencia de algunos que creían amigos, de los sueños por los que ambos lucharon, de que no sabe cómo arañar un poco de dinero, de que es insoportable el hueco de su ausencia... Sin embargo callará, disimulará poniendo su mejor cara, todos están bien, a los niños no les he dicho donde estás aunque el mayor se da cuenta de todo pero no dice nada, tus amigos me preguntan por ti, te mandan recuerdos, yo me apaño bien, no nos falta nada, esto se terminará y cuando tú salgas...
Cada mes hace este viaje, desde que a él lo delataron, lo juzgaron y condenaron. Cuando dijeron que la guerra había terminado, cuando empezó de manera aún más cruda para ella. En esta nueva cita tampoco le dirá que siguen viniendo a registrar la casa, que a ella la interrogan a veces, que la gente tiene miedo de darle un jornal, que alguna vez pierde la esperanza de que él salga algún día, de que todo vuelva a ser como antes; y que todas las noches, cuando el hijo menor que comparte colchón con ella se queda dormido, se permite un minuto de flaqueza: desliza su mano por debajo de la almohada, coge la fotografía del día de su boda, la besa y llora, en silencio, llora, llora mucho.
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