viernes

Currete





Mi abuelo era un hombre a lomos de un borrico. A lomos de Currete iba y volvía del campo con apariencia propia de un Sancho, aunque a nuestros ojos apareciera como aquel que entraba triunfante en Jerusalén.
Mi abuelo era un viejo, como todos los de su quinta, sin pensión y sin descanso. Un aviejo a lomos de un borrico aparejado con serón, dentro del cual transportaba el humilde sustento con el que apuntalaba sus necesidades cotidianas: unos carpones de uva, algunas hortalizas, una cajita de melocotones, unos espárragos trigueros, zorzales, algo de rebusco o una gavilla de leña.
Entraba en el pueblo y corríamos hacia él para que nos dejase tirar del ramal o montar a lomos de Currete.

El borrico tenía varios aparejos que mi abuelo le endosaba según la ocasión: unas aguaderas para traer agua del caño, un serón de esparto para el campo, y una manta zamorana para resguardarse del frío en invierno.
Currete y mi abuelo estaban tan unidos que padecían de una metamorfosis digna de Apuleyo. Si el abuelo estaba animado, el borrico caminaba con el "trotecillo alegre" de un Platero; si el abuelo estaba alicaído, Currete mostraba un andar cansino; si el abuelo echaba una cabezadita en medio del camino, el borrico asumía las riendas de la situación y llevaba al abuelo a casa.
A Currete no le faltó nunca paja y una almuerza de cebada en su pesebre, un buen esquilado en primavera, algún cepillado y una cuadra limpia. A cambio, él llevó siempre a su lomo a mi abuelo.


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