sábado

Aparceros







Aquel año mis padres dieron un salto con el que pretendían dar un giro de progreso a nuestra vida: de jornaleros a aparceros. Invirtieron "las cuatro perras arañadas durante años" en pagar un contrato de arrendamiento, que les daba acceso a cultivar durante unos meses un trozo de tierra y al uso de una casa de labranza. De esta manera, el curso escolar terminó en marzo para mis hermanos y para mí. Fue ese mes, el de marzo, el que nos vio partir del pueblo hacia la tierra de la aparcería. 
El viaje lo hicimos en un carro de varas que prestaron a mi padre para que pudiera transportar dos jergones, algunos enseres domésticos, aperos de labranza y poco más; además de nosotros: cuatro chiquillos que sumaban tan poco peso que la mula tiraba del carro sin fatigarse.
En los meses que duró la aventura, aquella árida tierra de secano devino, gracias al trabajo de mis padres, en un hermoso melonar. Y la casa de labranza, que a fin de cuentas no era más que una habitación ruinosa con una chimenea medio hundida; se transformó, gracias al esfuerzo incansable de mi madre, en una habitación limpia y encalada, donde convivían diferentes espacios delimitados con telas. Mis hermanos y yo trabajamos codo con codo junto a mis padres; y también, claro, chiquillos como éramos, hicimos juego de todo lo que teníamos alrededor. 
A finales de septiembre, el carro volvió para llevarnos de nuevo al pueblo; cargaron en él los jergones y el resto de las cosas; y también a nosotros, quizá menos chiquillos, pero aún livianos de peso. En su intento de progresar, mis padres no habían obtenido el resultado anhelado sino "lo comío por lo servío", en palabras de mi padre, que volvió a su condición de jornalero.



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