martes

Orante





Llegó el hombre desde lejos, enviado por una famosa revista extranjera, para hacer un reportaje sobre el lugar. Decían de este hombre que había recorrido medio mundo para contar en la revista como vivía la gente de aquí y de allá. El hombre llegaba a un lugar, observaba, preguntaba, y escribía sus crónicas acompañándolas de algunas fotografías que ilustraban su relato.
Había recorrido medio mundo el hombre, y estaba curado de espanto, según decían; pero aquella escena, que en principio le pareció de poco alcance, le acabaría impactando profundamente.
La dueña de la pensión en la que se alojaba esos días le había dicho que ese  día encontraría el pueblo silencioso, con los bares y los comercios cerrados, con los caminos y el campo solitarios, porque todo el mundo estaría en la procesión. Así que cogió sus bártulos y buscó un buen sitio para seguir el acontecimiento.
Desde aquel lugar vio acercarse a la gente, en fila, vestida de domingo, con velas encendidas y portando alguna imagen. El cortejo avanzaba entre cantos, rezos, siseos y suspiros. Nada de esto le llamó la atención especialmente.
Y entonces lo vio, en el límite de las huertas que circundaban el lugar, al viejo que estaba trabajando la tierra. El hombre observó que el viejo trabajaba afanosamente, concentrado, como ajeno a lo que sucedía a su alrededor. Le extrañó.
La procesión había llegado al lugar en donde se encontraba. Pero sus ojos no podían apartarse del viejo, que había abandonado su trabajo y se acercaba a la tapia de la última casa del pueblo. Y al llegar allí, al paso de la procesión, hincó sus rodillas en la tierra y hundió su cabeza en el pecho, en actitud orante.
Pasó el cortejo, con las imágenes y la gente endomingada, se fueron apagando los cantos y los rezos; y el silencio envolvió de nuevo el lugar.
El hombre que había recorrido medio mundo, el que estaba curado de espanto, estaba sobrecogido ante la imagen del viejo, que seguía allí,  uno con el todo, profundamente concentrado, orante.



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